Las “Casas de por Dios”: solidaridad y pobreza en la Sierra de Francia
En nuestros pueblos, la historia no solo se cuenta con piedras y archivos, sino también con gestos de solidaridad que han dejado huella. Uno de esos ejemplos son las “Casas de por Dios”, una institución benéfica que existió tanto en San Martín del Castañar como en La Alberca, y que hoy apenas se recuerda, aunque algunas de esas casas aún siguen en pie, silenciosas y humildes, como testigos del pasado.
¿Qué eran las “Casas de por Dios”?
Las “Casas de por Dios” eran viviendas donadas por los vecinos sin descendencia en sus testamentos para que pudieran ser habitadas gratuitamente por personas sin recursos. En una época en la que no existían ayudas públicas ni servicios sociales, estas casas eran una auténtica tabla de salvación para las familias más necesitadas.
En San Martín del Castañar se sabe que hubo unas diez viviendas de este tipo, y en La Alberca al menos nueve, aunque seguramente fueron más. Algunas de ellas todavía pueden verse, sobre todo en los barrios de La Alberca de Las Espeñitas y El Pedregal, con su típica arquitectura de piedra y madera, tan característica de la Sierra de Francia.
Un refugio bajo la tutela de la Iglesia
Como era habitual en aquellos tiempos, estas casas estaban bajo el control de la Iglesia, concretamente del obispado de Coria, al que pertenecía La Alberca. Era la parroquia la que gestionaba quién podía vivir en ellas, y no faltaban los conflictos: si aparecía alguien que demostraba estar más necesitado, el ocupante debía ceder la vivienda al más pobre.
Un sistema que puede parecernos duro hoy en día, pero que en su momento representaba una manera muy concreta de entender la caridad cristiana.
Cuando el obispo venía de visita…
La Iglesia no solo otorgaba las casas: también las inspeccionaba. En 1708, el visitador Don Antonio Sánchez Grande de Antequera, cura de Colmenar de Montemayor, pasó por La Alberca y encontró las “Casas de por Dios” en muy mal estado.
Ordenó al párroco local de la Alberca, Don Francisco Güebra y Valbuena (quien, curiosamente, también era comisario de la Inquisición), que obligara a los ocupantes a repararlas. En el acta de la visita se puede leer:
“Halló muchas muy deterioradas y que necesitan de muchos arreglos... dio su comisión al dicho beneficiado para que apremie por censuras a las personas que las viven a que compongan dichas ‘Casas de por Dios’ ubicadas en el barrio de Las Espeñitas.”
Sin embargo, ocho años después, en 1716, el propio párroco informaba que las casas seguían sin arreglar. Los recursos eran escasos, y el mantenimiento de las viviendas recaía en gente que bastante tenía con sobrevivir.
El lento final de una institución benéfica
Ya entrado el siglo XIX, las “Casas de por Dios” empezaron a desaparecer. Los documentos de 1802 recogen el caso de una de ellas —la llamada “nona” o novena— situada en el barrio del Pedregal y habitada por Antonio Martín, “el Gallego”. El informe la describe al borde del derrumbe, con paredes agrietadas y el tejado a punto de hundirse.
El obispado acabó autorizando su venta, un proceso que se alargó varios años, desde 1817 hasta 1820, lo que marcó el principio del fin de estas casas de beneficencia.
Huellas que aún permanecen
Hoy, si uno pasea por La Alberca y San Martín del Castañar, puede encontrar todavía algunas de esas antiguas casas ya remodeladas por sus actuales dueños. En sus tiempos eran sencillas, de planta baja, sin ornamentos, pero con mucha historia. Representan una época en la que la comunidad, a falta de recursos, se unía para ayudar a los suyos.
Las “Casas de por Dios” son un recordatorio de cómo, incluso en tiempos difíciles, la solidaridad encontraba su lugar entre las calles empedradas de nuestros pueblos.
Natxo.
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