La Sierra de Francia se debe en gran medida a su antigüedad.
Hoy, en relación con el turismo, el patrimonio material y arquitectónico se ha convertido en uno de los protagonistas. Las casas, calles, rincones y plazas son quienes ofrecen una primera impresión a los visitantes y quienes despiertan su curiosidad. Todo este legado debe ser valorado y cuidado como merece. En este sentido, los conjuntos históricos tienen la responsabilidad de velar por su entramado urbanístico y por sus edificaciones, que funcionan como escaparate de toda la comarca.
Sin embargo, esta misma comarca arrastra desde hace décadas una problemática que pone en jaque la propia continuidad de diversos modelos de negocio locales. El turismo, motor económico de la zona, se nutre precisamente de esa aparente antigüedad. Siempre habrá quien llegue a estas plazoletas por azar y sin especial respeto, pero, dicho sea de paso, la mayoría de visitantes quedan admirados ante las piedras ordenadas y el aire que aquí se respira. Ahora bien, esto abre una serie de preguntas inevitables: ¿Cómo debe relacionarse la conservación patrimonial con la vida cotidiana de los vecinos? ¿Deben algunos municipios convertirse en “pueblo-museo” y otros mantenerse como “pueblo a secas”? ¿Qué beneficios o inconvenientes presenta cada modelo?
No es mi trabajo dar una respuesta cerrada a todo ello, pero sí, tras algún tiempo trabajando de cara al público y muchos años viviendo en una localidad —Villanueva del Conde— que ha experimentado lo mejor y lo peor de ambas situaciones, me apetece detenerme y plantear algunas reflexiones.
Para empezar, pensemos en el turismo. Sabemos que estimula la conservación patrimonial y aporta beneficios económicos innegables. Aun así, genera una dualidad constante: por un lado, busca crecer a través de la iniciativa privada; por otro, vende la imagen de un pequeño pueblo en plena naturaleza, cuyo encanto reside precisamente en mantenerse ajeno a ciertos excesos. Sostener ambos factores resulta complejo, sobre todo cuando se considera a los vecinos cuyo sustento no depende de esta actividad económica.
Dentro de este panorama, el turismo rural ha sido especialmente relevante en la Sierra de Francia, sin olvidar hostales y pequeños hoteles. Esta clase de turismo vive, en buena medida, del patrimonio y de una experiencia que, paradójicamente, puede verse erosionada por su propia intensidad. Siendo uno de los pilares del desarrollo económico de la comarca, el sector tiene la posibilidad —y en cierto modo la responsabilidad— de marcar una guía modélica: o bien autoexigirse la conservación del legado que promueve, o bien optar por una mayor comodidad para el visitante aunque ello implique ciertos sacrificios. Las carreteras, por ejemplo, aunque incómodas, son también rutas de paseo llenas de encanto.
Algo similar ocurre con el patrimonio arquitectónico en sí mismo. Pensemos en una casa antigua, propia de la arquitectura vernácula, datada quizá en el siglo XIX. Esa casa, que encarna buena parte del valor patrimonial de la sierra, fue pasando de herencia en herencia: primero hogar, luego almacén. Hoy pertenece a alguien que no sabe qué hacer con ella. No vive en el pueblo ni tiene interés real. Es una obra costosa, y a sus ojos, casi “inútil”. Así, año tras año, la casa pierde trozos del esgrafiado o de la cal; las goteras crecen; la puerta de la antigua cuadra ya no cierra. Se acerca a la ruina y resulta incómoda para el propietario, para los vecinos, para el ayuntamiento e incluso para quienes velan por la conservación del patrimonio, especialmente si está dentro de un conjunto histórico.
Muchas casas así están a la venta en los pueblos de la zona, esperando que alguien vea en ellas un proyecto. ¿Quién debe responsabilizarse? ¿Qué modelo queremos: museificación, vida cotidiana, equilibrio? ¿Qué se hace con lo que ya existe? El propietario quizá no quiere vender, o quizá no puede, porque la legislación sobre conservación complica el proceso. Mientras tanto, investigadores y amantes del patrimonio observan cómo se pierde, rincón a rincón, un valor histórico-cultural único. Este círculo vicioso se sostiene en la depresión económica y social de la Sierra de Francia, que necesita hoy más que nunca una reconversión —en la que el turismo tiene mucho que decir— para consolidar, desde el realismo, un enclave único en la geografía española.
En la Sierra de Francia hay personas apasionadas por su historia y otras a las que no les interesa. Hay familias que viven del turismo y otras a las que les molesta. Hay vecinos que quieren marcharse y otros que desean volver. Nada de esto es positivo o negativo por sí mismo, pero sí configura un escenario que exige reflexión. Desde mi punto de vista, abogaría por la conservación e incluso por la reconversión, con el fin de preservar y devolver —de manera documentada— la extraordinaria estética antigua a las edificaciones de la comarca.
Como sugerí, podría avanzarse hacia una solución mediante una inversión decidida por parte de las administraciones. Esto permitiría dignificar el patrimonio, consolidar un proyecto turístico de interés nacional y mejorar la vida de los habitantes. Aun así, nada es tan sencillo. Al final, quizá sea esta dualidad la que aporta también un valor especial a la Sierra de Francia.

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